Los sollozos fueron bajando poco a poco. Noah, que llevaba catorce meses sin llorar frente a nadie, lloraba con todo el cuerpo, soltando algo que se le había quedado atorado por dentro. Emma no dejó de abrazarlo ni un segundo. Le acariciaba el cabello, le murmuraba que podía llorar todo lo que quisiera, que eso no lo hacía débil, que los valientes también
se quiebran. Yo seguía de pie frente al monitor, con la pistola colgando de la mano, y por primera vez en mucho tiempo no supe qué hacer.
Bajé el arma. Lo hice sin pensarlo, como quien deja caer un peso que cargó demasiado. Me senté despacio, con las piernas flojas. Dominic carraspeó a mi lado. —¿Quiere que vaya a revisar, jefe? —No —respondí, y mi voz sonó extraña, ronca—. Déjalos. En la pantalla, Noah ya respiraba con calma. Emma se quedó a su lado, acostada de lado, con una mano sobre su espalda, hasta que el niño se quedó dormido entre sus brazos, tranquilo como no lo había visto desde antes de la bomba.