No dormí esa noche. Me quedé mirando las imágenes y repasando cada detalle. Emma no se movió hasta el amanecer, y cuando la luz empezó a entrar por la ventana, se levantó con cuidado, acomodó la cobija sobre los hombros de Noah y salió de puntillas. Yo había instalado cámaras para ver amenazas, y esa madrugada descubrí que lo que nunca había visto era a mi propio hijo siendo cuidado de verdad.
A las siete en punto, la mandé llamar a mi despacho. Entró con elmismo abrigo gastado, ojeras suaves y la mirada firme. —Sé que me vigilaste —dijo antes de que yo abriera la boca—. Hay cámaras en cada rincón de esta casa. Las vi el primer día. Me quedé helado. Dominic, parado junto a la puerta, abrió los ojos como platos. —¿Las viste? —pregunté. —Una persona que ha vivido escondiéndose aprende a ver dónde la miran. Por eso no me importó. Quería que vieras exactamente lo que hago cuando creo que nadie me observa.