Me puse de pie y caminé hacia la ventana, de espaldas a ella. —Entraste a su cama a las tres de la mañana. Cualquier otro habría muerto por menos. —Lo sé —respondió con calma—. Pero Noah llevaba tres noches despertando a la misma hora, gritando en silencio. Lo oí desde el pasillo. Si hubiera llamado a una enfermera, le habrían dado un sedante y lo habrían dejado solo. Yo sé lo que se siente despertar en medio de un recuerdo y que nadie te toque. Se me quebró algo por dentro. —¿Cómo lo sabes? —pregunté sin voltear.
Hubo un silencio largo. —Porque yo tuve un hijo —dijo al fin—. Se llamaba Mateo. Murió a los seis años, en un