—Estaba enojado.
—Eso no cambia nada.
—Podemos arreglarlo.
—Ya lo estoy arreglando.
Alejandro miró la carpeta abierta sobre la mesa.
—¿De dónde sacaste esos documentos?
—De mi propia computadora. De mis cuentas. De las cámaras del departamento. De los respaldos automáticos que olvidaste borrar.
La sangre abandonó el rostro de Alejandro.
—¿Cámaras?
—La cámara de la cocina grabó todo.
Rebeca se llevó una mano a la boca.
Alejandro bajó la voz.
—No puedes entregar eso a la policía.
—Ya lo entregué.
El teléfono casi resbaló de su mano.
—Valeria, soy tu esposo.
—Eras mi esposo cuando me robaste. Eras mi esposo cuando falsificaste mi firma. Eras mi esposo cuando lanzaste café hirviendo a mi cara.
—Piensa bien lo que haces.
—Lo pensé durante años. Hoy finalmente actué.
—Si me destruyes, también te destruirás tú.
Valeria soltó una risa sin alegría.