Luego se acercó a la ventana.
Desde allí podía ver la ciudad extendiéndose bajo la luz del atardecer.
Su rostro todavía conservaba una marca casi invisible.
No intentó ocultarla.
Aquella cicatriz no era un recuerdo de la mañana en que Alejandro la había destruido.
Era la prueba de la mañana en que ella dejó de permitirlo.
Un año después, Valeria recibió una carta.
No tenía remitente, pero reconoció la letra de inmediato.
Era de Alejandro.
Decía que había cambiado.
Que comprendía sus errores.
Que Rebeca lo había manipulado.
Que soñaba con el día en que Valeria lo perdonara.
Al final había una pregunta.
“¿Alguna vez me amaste de verdad?”
Valeria leyó la carta una sola vez.
Después tomó una hoja en blanco.
No escribió una larga respuesta.
Solo una frase.
“Te amé hasta el día en que comprendí que tú nunca me viste como una esposa, sino como algo que podías usar.”