Dobló la hoja.
Pero no la envió.
La rompió en pedazos y la dejó caer dentro del bote de basura.
Alejandro no merecía una respuesta.
La verdadera respuesta estaba en el departamento recuperado.
En las cuentas protegidas.
En la empresa que seguía creciendo.
En la cicatriz que ya no le daba vergüenza.
Y en la vida que Valeria había construido después de dejar el anillo sobre aquella mesa.
Porque Alejandro creyó que al arrojarle café hirviendo le estaba enseñando a obedecer.
Nunca imaginó que, en realidad, le estaba dando el valor necesario para destruir cada mentira sobre la que había construido su poder.