Alejandro sintió un nudo en el estómago.
Él conocía esa clase de casa.
Antes de convertirse en dueño de una empresa inmobiliaria, había crecido viendo a su propia madre contar monedas para decidir entre pagar el gas o comprar comida.
Pero hacía años que había conseguido olvidar cómo se sentía.
—¿Tu mamá está enferma?
Lucía asintió.
—Fue a una consulta.
Luego regresó a la máquina.
—Tengo que terminar estas blusas hoy.
—¿Por qué?
—Porque la señora paga $35 pesos por cada una.
Alejandro miró las prendas apiladas.
—¿Y tú las haces?
—Mi mamá hacía más. Ahora se cansa mucho.
Aquella respuesta le cayó peor que cualquier reclamo.
Alejandro había llegado pensando únicamente en los casi $18,000 pesos de renta atrasada.
Ahora estaba mirando a una niña intentando ganar unas monedas para sostener su casa.
—Mi mamá guardó dinero para usted —dijo Lucía de pronto.