Spencer intentó llamarla.
Ella no contestó.
Por primera vez, él comenzó a comprender la soledad que había impuesto a otra persona.
Mientras tanto, Phoebe no celebró sus dificultades.
No pidió a su padre que comprara las deudas de Spencer.
No exigió que lo expulsaran de su empresa.
No utilizó la fortuna familiar para convertir una decepción amorosa en una venganza financiera.
Dejó que los procedimientos siguieran su curso.
Su abogada se ocupó del divorcio y de proteger sus derechos.
Raymond respetó su decisión.
Una tarde, mientras tomaban café en la terraza de la casa familiar, él le preguntó:
—¿Te arrepientes de haber ocultado quién eras?
Phoebe reflexionó antes de responder.
—No. Quería saber si alguien podía amarme sin interesarse por mi dinero. Lo que lamento es haber confundido el amor con aguantarlo todo.
Su padre asintió lentamente.
—Tu madre decía algo parecido.
Phoebe sonrió con tristeza.