Ella miró por la ventana.
La ciudad brillaba bajo el cielo nocturno.
Por primera vez en años, no estaba esperando una disculpa, una llamada ni una señal de que alguien finalmente la elegiría.
Ya se había elegido a sí misma.
Y esa fue la verdadera herencia que recuperó aquella noche.
No la fortuna de su padre.
No el poder de su apellido.
Ni siquiera la oportunidad de ver cómo el mundo empresarial de Spencer se tambaleaba.
Fue algo mucho más sencillo y más valioso:
La certeza de que el amor jamás debería exigirle a una persona que renuncie a su dignidad para merecerlo.
Porque Spencer había creído que su esposa era una mujer insignificante por llevar un vestido viejo.
Nunca entendió que la verdadera elegancia no estaba en las joyas, los automóviles ni las invitaciones exclusivas.
Estaba en la forma en que una persona trataba a quienes no podían ofrecerle nada a cambio.