De vuelta en casa, ella cortó el pan.
Yo pelé los ajos torpemente.
Se rio.
“Siempre has sido igual de bruto en la cocina.”
La sopa empezó a hervir despacio.
La casa se llenó de un olor sencillo, caliente, nuestro.
Nos sentamos.
Y hablamos.
De verdad.
Me contó las noches en que echaba de menos a mi padre y encendía la radio solo para no escuchar el silencio.
Me dijo que a veces marcaba mi número y luego borraba la llamada.
“No quería molestarte.”
Bajé la cabeza.
Después pregunté:
“Del cuaderno… ¿qué es lo que más quieres?”
Dejó la cuchara en el plato.
Se quedó callada.
Luego dijo:
“Que me abraces sin tener prisa.”
Me levanté.
Ella también.
Al principio fue raro.
Ya no estábamos acostumbrados.
Luego apoyó la frente en mi pecho.
Y yo la abracé.
Fuerte.
No tres segundos.
No como cuando uno se despide en la puerta.