—No seas ingenuo. No quiero hacerle daño a la niña. Solo quiero que entiendas que estás involucrado en un asunto familiar que no te corresponde.
—Elena era mi esposa.
—Precisamente. Y Elena
cometió el error de creer que podía enfrentarse a personas mucho más poderosas que ella.
Sentí que la sangre me subía al rostro.
—¿Qué le hiciste?
Victor guardó silencio.
Después respondió:
—No puedes demostrar nada.
La llamada terminó.
Me quedé mirando el teléfono.
No tenía una confesión.
No tenía una prueba definitiva.
Pero tenía la certeza de que Victor acababa de cometer un error: había reconocido que sabía dónde estábamos.
Informé inmediatamente a Richard y a los agentes encargados de nuestra protección. Guardaron el registro de la llamada y solicitaron que se investigara su origen.
Esa tarde, Darlene me encontró sentado junto a la ventana.