Antes de que Ricardo y yo nos casáramos.
Antes de que él comenzara a hablarme de un futuro juntos.
Antes, incluso, de que mi padre muriera.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.
—No puede ser.
Laura se acercó.
—Mariana, necesito que te prepares para una posibilidad. Quizá la relación de Ricardo y Valeria no comenzó como una aventura.
—¿Qué quieres decir?
Mi abogada señaló una fecha.
—Quizá ambos se conocían por algo relacionado con la empresa de tu padre.
En ese instante, mi teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
«Deja de investigar. Si quieres volver a ver a tu esposo con vida, ven a Cancún y trae la llave».
Lo leí dos veces.
Después llegó una segunda notificación.
Una fotografía.
Ricardo estaba sentado en una habitación de hotel, con las manos apoyadas sobre una mesa.