Detrás de él había una ventana desde la que se veía el mar.
Junto a su rostro, alguien sostenía una hoja de papel.
En ella aparecía mi nombre completo.
Y debajo, una frase escrita en letras mayúsculas:
ELLA ES LA SIGUIENTE.
Laura llamó inmediatamente a un contacto suyo para solicitar orientación sobre cómo preservar los mensajes y evaluar la amenaza. Me pidió que no respondiera al remitente y que no viajara sola ni intentara encontrar a Ricardo por mi cuenta.
Yo apenas la escuchaba.
No sabía si mi esposo estaba en peligro, si todo era una trampa o si alguien intentaba obligarme a entregar la llave.
Pero una cosa estaba clara: había personas dispuestas a utilizarme para conseguir algo que mi padre había protegido hasta el último momento.
Esa noche regresé a casa acompañada.
Cambié las contraseñas de mis cuentas personales, guardé las copias de los documentos y dejé los originales bajo custodia de mi abogada. También solicité orientación al banco para reforzar la protección de los fondos y revisar cualquier autorización vinculada a Ricardo.