Parte 2: La verdad que mi padre se llevó a la tumba

No iba a cometer el error de enfrentarme a ellos sin ayuda.

A las once y cuarenta y dos, recibí una llamada.

Era Valeria.

Su nombre apareció en la pantalla y sentí que el corazón se me detenía.

Contesté sin decir nada.

—Mariana —susurró ella—. Sé que me odias.

—No tienes idea de cuánto.

—Tienes derecho a odiarme. Pero necesito que me escuches antes de que sea demasiado tarde.

—¿Dónde está Ricardo?

Valeria comenzó a llorar.

—No está en Suiza.

—Eso ya lo sé.

—Y tampoco está aquí conmigo como te hicieron creer.

Me incorporé.

—¿Qué estás diciendo?

Hubo un silencio. Después escuché el llanto de un bebé al fondo, aunque Valeria me había dicho en sus publicaciones que todavía faltaban meses para el nacimiento.

—Mariana, el embarazo es real —dijo—. Pero hay algo que no sabes. Ricardo no me buscó por amor. Se acercó a mí porque mi padre trabajó con el tuyo durante muchos años.

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