—¿Por qué no puedo decírselo?
—Porque no sé hasta dónde llega la traición, Mariana. Y hay una persona en la que usted confía que podría estar trabajando para Ricardo.
Antes de que pudiera preguntarle quién, escuché pasos al otro lado de la llamada.
Beatriz susurró:
—Ya viene. Recuerde esto: no viaje a Cancún, no retire dinero de la cuenta conjunta y, sobre todo, no firme ningún documento que su esposo le envíe.
—¡Espere!
Pero la comunicación se cortó.
Me quedé mirando el teléfono.
Por primera vez desde que descubrí la infidelidad, sentí algo mucho más aterrador que la tristeza.
Sentí miedo.
Porque, si Ricardo había robado aquella carpeta, significaba que no se trataba únicamente de una aventura amorosa ni de un plan para abandonar a su esposa.
Había algo que llevaba años preparando.
Y mi padre lo había descubierto antes de morir.