Parte 2: La verdad que mi padre se llevó a la tumba

A las ocho de la noche, recibí el primer mensaje de Ricardo desde el aeropuerto.

«Mi amor, ya estoy en el hotel. Mañana tengo una reunión muy importante. Te extraño muchísimo. Te mando un beso».

Miré la pantalla y solté una carcajada amarga.

¿En qué hotel estaba?

¿En Zúrich, como me había dicho?

¿O en Cancún, junto a la mujer que esperaba un hijo suyo?

Abrí mis redes sociales y busqué el perfil de Valeria Montes.

Lo había revisado tantas veces durante los últimos días que conocía de memoria sus fotografías.

Encontré una publicación reciente.

Una imagen de una playa turquesa, una copa de jugo sobre una mesa y dos sombras tomadas de la mano.

La descripción decía:

«Por fin empieza nuestra nueva vida. Ya falta menos para tenerte en mis brazos, mi pequeño amor».

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