Su risa atravesó el auricular.
—Tranquila, Elena. Leo está con su familia.
—¡Si le haces daño…!
—No seas dramática. Solo quiero lo que me corresponde.
—¡Leo no te pertenece!
Victoria guardó silencio.
Después dijo algo que me dejó sin respiración.
—Tienes razón. Pero tampoco le pertenece completamente a Dante.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
—Pregúntale por qué tu padre insistió tanto en que jamás se casara contigo.
La llamada terminó.
Segundos después, Dante apareció en el hotel acompañado de dos hombres.
Cuando vio mi
rostro, comprendió inmediatamente.
—¿Dónde está Leo?
Comencé a llorar.
—Victoria se lo llevó.
Por primera vez vi al hombre más temido de Chicago perder completamente la compostura.
Sacó su teléfono.
—Encuentren a Victoria. Ahora.
Pero entonces Mia, que había estado revisando los documentos que Dante dejó en la cafetería, levantó lentamente la cabeza.