La mitad que faltaba.
—Te dije que volvería cuando pudiera pararme frente a ti y ya no ser el niño hambriento de la reja.
A Isabella se le llenaron los ojos de lágrimas en medio del salón más elegante de la ciudad.
Nadie entendía nada.
Don Ricardo menos que nadie.
—¿Se conocen? —preguntó rígido.
Mateo volteó hacia él con educación impecable.
—Sí, señor Montes. Su hija me alimentó durante meses cuando yo no tenía casa, ni familia, ni razones para creer en nadie.
El silencio fue absoluto.
Los socios miraron a Ricardo. Los periodistas olieron historia. Isabella no podía apartar la vista.
Mateo continuó:
—Una pareja de Monterrey me adoptó poco después. Me dieron apellido, escuela y amor. Yo puse lo demás. Pero nunca olvidé quién me enseñó que la dignidad puede caber en media torta compartida entre barrotes.