Toda la sala giró hacia él.
Don Ricardo avanzó con ambas manos extendidas.
—Señor Cruz, es un honor…
El hombre estrechó su mano apenas un segundo.
Luego miró alrededor.
Buscó entre cien rostros como quien lleva años sabiendo exactamente a quién viene a ver.
Sus ojos se detuvieron en Isabella.
Ella dejó de respirar.
Porque él sonrió igual que aquel niño hambriento al recibir media torta por primera vez.
Mateo caminó directo hacia ella.
La sala entera observó cómo el inversionista más codiciado de la noche ignoraba políticos, socios y fotógrafos para detenerse frente a la hija del dueño.
—Tardé un poco más de lo prometido —dijo en voz baja.
Isabella sintió temblar las manos.
—Mateo…
Él sacó algo del bolsillo interno del saco.
Una pequeña pulsera de plata, gastada por los años.
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