—Siempre lo hago.
—No me contradigas frente a él.
—Ni siquiera sé quién es.
Don Ricardo acomodó el saco.
—El fundador de Grupo Cruz Altamira.
Isabella frunció el ceño. El nombre le sonaba de todos lados: desarrollos inmobiliarios, tecnología hotelera, energía limpia, inversiones internacionales. Una empresa que en menos de diez años había explotado como pocas en México.
—¿El joven millonario de Monterrey? —preguntó un socio acercándose—. Dicen que vale más de novecientos cincuenta millones.
—Y creciendo —respondió su padre con una sonrisa ensayada.
Isabella apenas escuchó la cifra.
Cruz.
Sintió algo extraño, casi ridículo, subirle por el pecho.
No. Imposible.
A las nueve con diez, la entrada principal se abrió.
Primero entraron asistentes, luego seguridad discreta, después un hombre alto con traje gris oscuro, espalda recta y una calma rara, de esas que no necesitan demostrar nada. Tendría unos treinta y cinco. Moreno por el sol, mandíbula firme, mirada serena.