Mateo asintió.
—Te lo prometo. Cuando pueda estar frente a ti y ya no sea el niño hambriento de la reja… volveré.
Isabella se quitó una pequeña pulsera de plata y la puso en su mano.
—Entonces quédate con esto. Para que no me olvides.
Mateo apretó la pulsera con fuerza.
Los dos niños se abrazaron por última vez en una pequeña calle de Guadalajara.
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Y luego Mateo se fue.
Pasaron veinticinco años
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Pasaron veinticinco años.
Guadalajara cambió de avenidas, de edificios y de ritmo. Donde antes había terrenos vacíos aparecieron torres de cristal. Donde había casonas antiguas nacieron restaurantes de diseño. Los apellidos siguieron pesando, pero menos. El dinero seguía mandando, aunque ahora lo hacía con redes sociales y campañas de imagen.