Parte 2 Un niño sin hogar se paraba todos…

Isabella Montes también cambió.

Ya no era la niña de trenzas perfectas que escondía media torta en la lonchera. Tenía treinta y cuatro años, una licenciatura en administración y el apellido Montes todavía abriendo puertas que a veces ella deseaba cerrar. Después de la muerte de su madre, había intentado tomar un camino distinto al de su padre. Quería convertir parte del grupo hotelero en una fundación real, no en una fachada elegante para deducir impuestos.

Pero con su padre nada era sencillo.

Don Ricardo Montes seguía siendo un hombre duro, obsesionado con el prestigio y con la idea de que la compasión debía verse bien en fotografías, no complicar balances. Cada propuesta de Isabella terminaba igual.

—Los negocios no son albergues.

—No hablo de regalar, hablo de invertir en gente.

—La gente agradecida no existe.

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