Después de años de discusiones, Isabella se cansó. Se quedó dentro de la empresa, sí, pero en una esquina pequeña. Dirigía programas internos, becas limitadas, apoyo a empleados. Lo suficiente para dormir un poco mejor. No lo suficiente para sentirse libre.
Nunca se casó.
Hubo novios, compromisos casi firmados, cenas impecables con hombres correctos. Pero siempre terminaba sintiendo que conversaba con personas completas mientras una parte de ella seguía detenida en una calle pequeña de Guadalajara, viendo a un niño con una cinta azul en la muñeca prometer algo imposible.
Con los años dejó de contarlo.
La gente sonreía con ternura o con burla cuando lo mencionaba. “Qué lindo recuerdo”. “Los niños prometen cualquier cosa”. “Seguro ni se acuerda de ti”.
Ella sonreía también.
Pero guardaba silencio cuando, algunas noches, abría una caja antigua donde conservaba una mitad de pulsera de plata. La otra mitad se la había llevado Mateo.