La policíaencontró a Ramira arrodillada junto al cuerpo.
Sus manos estaban manchadas de sangre.
El arma estaba cerca.
Y un vecino aseguró haberla visto salir de la vivienda poco antes de que llegaran los agentes.
Ramira siempre sostuvo que había regresado a casa después de recibir una llamada desesperada de su esposo.
Pero nadie le creyó.
Ahora, una niña de ocho años afirmaba conocer al verdadero responsable.
Méndez se arrodilló frente a Salomé.
—Pequeña, necesito que me expliques lo que sabes.
La niña miró a su madre.
Ramira asintió entre lágrimas.
—Dile la verdad, cariño.
Salomé respiró profundamente.
—Mi papá no murió cuando dijeron.
El coronel se quedó inmóvil.
—¿Qué quieres decir?
La niña bajó la mirada.
—Yo lo escuché hablando después de que mi mamá se fue.
Ramira se llevó ambas manos a la boca.
—Salomé…