Se casó con mi hermana por una razón. La verdad estaba escrita en mi nombre.

“No.”

“Claire—”

“Deja de decir mi nombre así.”

“¿Cómo qué?”

“Como si ya supieras quién soy, y yo no.”

Sus ojos se llenaron de

lágrimas.

Eso me asustó más que la carta.

Ben siempre había sido el más sensato. Cuando éramos niños, él era el primero en trepar a los árboles para poder decirme qué ramas eran seguras. Cuando Rosie se perdió durante un festival multitudinario del 4 de julio a los ocho años, Ben la encontró sentada bajo un puesto de limonada antes que la policía. Cuando mi madre falleció, él durmió en el suelo fuera de mi habitación porque yo tenía miedo de estar sola.

Ahora parecía tan perdido como yo me sentía.

Le quité la carta.

Había cuatro páginas manuscritas, todas con la letra cuidada de Rosie. Sus letras eran redondeadas y precisas, con las palabras espaciadas uniformemente. De niña, apretaba tanto con el lápiz que rompía los cuadernos. Incluso ahora, escribía como si cada frase mereciera ser grabada en piedra.

Nos quedamos fríos viendo la pinche llavecita de latón. Si

no era de la casa de Claire ni del departamento de Ben, solo había un lugar posible: el antiguo casillero de trabajo que Evelyn Hale conservaba en los laboratorios abandonados de Hale Medical.

Sin pensarlo dos veces y dejando a Rosie al cuidado de los doctores, Ben y yo nos arrancamos en la camioneta bajo un aguacero perro que no dejaba ver ni tres metros adelante.

Al llegar a las instalaciones abandonadas de la fábrica, el lugar daba un miedo tremendo. Las paredes repletas de grafiti, el olor a humedad y los cristales rotos hacían que cada pisada retumbara bien feo. Subimos hasta la oficina de administración en el segundo piso, donde los casilleros de metal estaban todos oxidados.

Buscamos el número 42. Metí la llave, le di la vuelta con fuerza hasta que tronó el cerrojo… y la puerta cedió.

Adentro no había dinero ni documentos de la empresa.

Había una pequeña grabadora de cinta antigua y una libreta azul escrita a mano por Evelyn.

Le picamos al PLAY. La voz que salió de esa bocina nos puso la piel de gallina a los dos:

“Claire, si estás escuchando esto, significa que el secreto ya no pudo mantenerse escondido. Tu madre Laura no murió por un accidente en el barranco. Ella intentó escapar de Samuel con un disco duro que contenía todas las fórmulas ilegales. Cuando el carro se fue al vacío, Richard y yo llegamos primero. Laura ya había fallecido, pero antes de respirar por última vez, me hizo jurarle que te criaría como mi propia hija para que nunca cayeras en las manos de la red de Samuel… Richard mintió sobre los cuerpos para protegerte a ti, no a él.”

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