Solo aparté la mirada unos segundos y mi hijo ya estaba en el suelo de una tienda de lujo, junto a un florero de 185 mil pesos hecho pedazos. “No llamen a la policía”, ordenó un hombre desde la puerta. Al reconocerlo después de ocho años, abracé a mi hijo y guardé silencio… porque él aún no sabía que una carta, un teléfono escondido y una mentira familiar estaban a punto de destruir todo lo que creía cierto.

—Pásale. Desde hace una hora está asomándose por la ventana.

Mateo seguía con el pie en alto.

—¿De verdad tienes tiendas en el centro comercial?

—Algunas.

—¿Y ya no están enojados por el florero?

—No.

—Qué bueno.

Durante los primeros minutos ninguno supo qué decir.

Hasta que Alejandro vio en el suelo una caja vieja de bloques para construir una estación espacial.

—¿No la terminaste?

—No puedo. La parte de arriba se cae.

Media hora después estaban sentados en la alfombra rodeados de piezas.

—Esta viga está al revés —explicó Alejandro.

—¡Yo sabía que algo estaba mal!

—Sí. Tú.

Mateo frunció aquella ceja idéntica a la suya.

Alejandro se rio.

—¿Por qué te ríes?

—Por nada. Dame la pieza gris.

Trabajaron durante casi tres horas.

Cuando Alejandro se marchaba, Mateo preguntó:

—¿Vas a volver?

Sintió que la pregunta le atravesaba el pecho.

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