Él metió una mano dentro de su saco.
Sacó una pequeña caja oscura.
—¿Alejandro?
Él se arrodilló.
La gente comenzó a detenerse.
—Compré este anillo hace nueve años, antes de irme a Sonora.
Mariana llevó una mano a su boca.
—Pensaba pedírtelo cuando regresara. Durante años quise tirarlo y nunca pude.
Abrió la caja.
Era un anillo sencillo con una pequeña piedra.
—Una vez permití que otras personas decidieran nuestra vida. También permití que mi orgullo terminara el trabajo que ellas comenzaron. No quiero volver a cometer ese error.
La voz de Alejandro tembló.
—Mariana, no puedo devolverte los años que perdimos. Pero quiero cuidar todos los que todavía tenemos. ¿Te quieres casar conmigo?
Mariana lloraba abiertamente.
—¿Y si digo que no?
Alejandro sonrió.
—Seguiré invitándote a cenar todos los viernes.
Mateo tiró de la manga de su madre.
—¡Mamá, dile que sí! Mi tobillo ya está bien y no pienso romper otro florero para juntarlos otra vez.