Solo aparté la mirada unos segundos y mi hijo ya estaba en el suelo de una tienda de lujo, junto a un florero de 185 mil pesos hecho pedazos. “No llamen a la policía”, ordenó un hombre desde la puerta. Al reconocerlo después de ocho años, abracé a mi hijo y guardé silencio… porque él aún no sabía que una carta, un teléfono escondido y una mentira familiar estaban a punto de destruir todo lo que creía cierto.

Varias personas alrededor comenzaron a reír.

Mariana también.

Finalmente extendió la mano.

—Sí.

Alejandro colocó el anillo en su dedo.

Todavía le quedaba.

La empleada de la tienda salió apresuradamente con un paquete.

—Perdón… el dueño dejó esto encargado desde hace meses, por si algún día regresaban.

Abrió la bolsa.

Dentro estaba aquella cobija azul oscuro cubierta de constelaciones plateadas.

Los ojos de Mateo se iluminaron.

—¡Orión! ¡Y el Cisne!

Abrazó la cobija contra su pecho.

—¿Ven? Yo les dije que romper ese florero sirvió para algo.

Esta vez nadie discutió.

Esa noche, Mateo se quedó dormido bajo su nueva cobija, con Orión justo sobre el pecho y la pequeña lámpara de luna encendida junto a su cama.

Mariana y Alejandro permanecieron en la puerta observándolo.

—Perdimos muchos años —susurró ella.

Alejandro tomó su mano.

—Sí. Y nunca podremos recuperarlos.

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