Solo aparté la mirada unos segundos y mi hijo ya estaba en el suelo de una tienda de lujo, junto a un florero de 185 mil pesos hecho pedazos. “No llamen a la policía”, ordenó un hombre desde la puerta. Al reconocerlo después de ocho años, abracé a mi hijo y guardé silencio… porque él aún no sabía que una carta, un teléfono escondido y una mentira familiar estaban a punto de destruir todo lo que creía cierto.

—Salió de tu número.

—Mi teléfono se quedó dentro de tu departamento.

El silencio se volvió insoportable.

Alejandro miró al niño dormido.

Luego volvió a mirar a Mariana.

—¿Mateo es…?

Ella no respondió.

No hizo falta.

Alejandro entendió.

Ocho años de enojo, resentimiento y orgullo acababan de tambalearse por una sola posibilidad.

Y Mariana todavía no podía creer lo que Alejandro estaba a punto de descubrir sobre su propia madre…

PARTE 2

Alejandro dejó a Mateo en casa y permaneció casi veinte minutos dentro de su camioneta sin encender el motor.

Después condujo directamente a la residencia de Teresa en Puerta de Hierro.

Su madre seguía viviendo en la enorme casa que había pertenecido a su padre, fundador de la constructora familiar. Teresa conservaba un puesto en el consejo administrativo y, aunque Alejandro dirigía la empresa desde hacía años, ella continuaba comportándose como si tuviera derecho a decidir también sobre su vida.

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