Solo aparté la mirada unos segundos y mi hijo ya estaba en el suelo de una tienda de lujo, junto a un florero de 185 mil pesos hecho pedazos. “No llamen a la policía”, ordenó un hombre desde la puerta. Al reconocerlo después de ocho años, abracé a mi hijo y guardé silencio… porque él aún no sabía que una carta, un teléfono escondido y una mentira familiar estaban a punto de destruir todo lo que creía cierto.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Teresa—. Pensé que tenías una reunión.

—Me encontré con Mariana.

La expresión de su madre cambió apenas un segundo.

—¿Mariana quién?

—No hagas eso.

Teresa dejó su vaso sobre la mesa.

—Espero que no hayas permitido que vuelva a meterse en tu vida.

—Dice que tú la echaste de mi departamento.

—Eso es absurdo. Ella se fue sola.

—Dice que usaste trabajadores de la empresa para sacar sus cosas.

—Alejandro…

—También dice que sabías que estaba embarazada.

Teresa calló.

Ese silencio fue suficiente.

—Lo sabías —murmuró él.

—Yo estaba protegiéndote.

—¿De qué?

—De una muchacha sin estudios, criada por su abuela, que apareció embarazada justo cuando tú estabas lejos.

—¿Comprobaste siquiera que el hijo no fuera mío?

Teresa endureció el rostro.

—¿Qué diferencia hacía? Ibas a casarte con ella. Estabas destruyendo todo por lo que habíamos trabajado.

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