PARTE 1
—¡Son las nueve de la mañana y sigues tirado como un inútil! ¡Mis clientas van a llegar y esta casa huele a carnicería!
Abrí los ojos justo cuando Valeria me arrojó un vaso de agua con hielos directamente a la cara.
Me llamo Ernesto Ramírez, tengo 68 años y aquella mañana acababa de regresar de una jornada nocturna en la bodega frigorífica de mi empresa, Carnes Ramírez Premium. Desde hacía casi treinta años abastecía restaurantes de la Ciudad de México, desde pequeñas parrillas familiares hasta cocinas de Polanco y Santa Fe.
Había llegado a casa poco después de las cinco.
Mauricio, mi único hijo, estaba detrás de su esposa.
—Dile algo —le pedí.
Bajó la mirada.
Valeria dejó el vaso vacío sobre mi buró.
—Y limpia el piso. Lo mojaste todo.
Lo mojé yo.