Yo tardé 68 años en entenderlo.
Mi casa seguía siendo mi casa.
Mi hijo seguía siendo mi hijo.
Mi trabajo seguía oliendo a carne, cartón frío y café de madrugada.
Y por primera vez en mucho tiempo, no me avergonzaba de ninguna de esas cosas.
Porque la dignidad no consiste en demostrarle a los demás cuánto vales.
Consiste en no permitir que nadie vuelva a convencerte de que vales menos.