Se había abierto.
Nuestras fotografías estaban regadas sobre el concreto.
Nuestro retrato de bodas tenía el cristal roto.
Me agaché y lo levanté con cuidado.
Mauricio llegó cuando yo seguía sentado en el suelo.
Al ver la fotografía de su madre, se quedó blanco.
—Papá… yo no sabía que iba a hacer esto.
Le creí.
Y eso dolió todavía más.
Porque entendí que mi hijo no estaba destruyéndome por maldad.
Lo estaba permitiendo por cobardía.
Una semana después fui a mi consulta médica anual.
La recepcionista revisó la computadora dos veces.
—Don Ernesto… su seguro fue cancelado hace mes y medio.
Esa póliza llevaba años pagándose automáticamente.
Llamé a Mauricio.
Hubo un silencio demasiado largo.
Finalmente confesó:
—Valeria me puso unos papeles para firmar. Dijo que estaba reorganizando los gastos de la casa. No los leí completos.