Sin preguntar.
Sin verificar.
Como había firmado los papeles.
Como había guardado silencio mientras su esposa me echaba de mi habitación.
Reemplazamos personalmente toda la mercancía del restaurante y yo asumí la responsabilidad frente al cliente.
Después esperé.
Necesitaba que Mauricio descubriera por sí mismo quién era la mujer a la que llevaba meses defendiendo.
Y ocurrió.
Una madrugada, mientras hacía mi ruta habitual, vi su automóvil estacionado a distancia frente a la bodega.
Mauricio me estaba observando trabajar.
Me vio revisar cajas, temperaturas y entregas.
Me vio descargar mercancía junto con Javier.
Me vio saludar por su nombre a cocineros que conocía desde hacía veinte años.
Cuando regresé a casa poco antes de las cinco, encontré una taza de café caliente sobre la mesa.
No había nota.
No hacía falta.
Era el café que siempre tomaba.