Martín volvió tarde, cansado y de malas, esperando encontrar arroz recalentado.
Pero la mesa estaba puesta.
Había pollo rostizado, sopa de codito, tortillas calientes, refresco de manzana y hasta un flan pequeño.
Maribel llevaba un vestido rojo sencillo, el mismo que usó cuando todavía eran novios y caminaban por la Alameda agarrados de la mano.
—Feliz aniversario, Martín —dijo ella, sonriendo nerviosa.
Él no sonrió.
—¿Y esto con qué dinero lo compraste?
Maribel se quedó helada.
Antes de responder, su celular vibró sobre la mesa.
Martín alcanzó a leer el mensaje.
“Doña Maribel, mañana firmamos. Traiga el último pago. —Ernesto.”
El rostro de Martín se endureció.
—¿Ernesto? —preguntó con la voz quebrada de coraje—. ¿Quién demonios es Ernesto?
Maribel palideció.
—Martín, espera…
Pero él ya había tomado el celular.