Él bajó la cabeza.
Eso era verdad.
—Yo pensé que si te lo decía antes, no lo íbamos a lograr —continuó ella—. Entonces preferí cargar con tu enojo. Preferí que me dijeras tacaña, exagerada, controladora… antes que vernos otros 10 años pagando renta.
Martín cerró los ojos.
Le llegaron todos los recuerdos de golpe.
La vez que le gritó porque solo le dio 20 pesos para el camión.
La vez que se fue a dormir sin cenar para castigarla.
La vez que sus amigos le dijeron que Maribel “lo tenía bien domesticado” y él, ardido, llegó a repetirle lo mismo en la cara.
La vez que ella lloró bajito en la cocina y él fingió estar dormido.
Qué cobarde se sintió.
Qué pequeño.
Maribel sacó una tercera hoja.
—Y hay algo más.
Martín levantó la cara, asustado.