Se quedó mirando sus manos.
Esa fue la primera vez que no respondió atacándome.
—Tuve miedo —dijo finalmente.
No lo consolé.
Tampoco me burlé.
Podía aceptar que hubiera tenido miedo sin aceptar lo que había hecho con ese miedo.
—Yo también tengo miedo —le dije—. Y no por eso te inventé una enfermedad, escondí dinero ni construí otra relación mientras dormías en nuestra casa.
Diego empezó a llorar.
No fue una gran escena.
Se cubrió la cara y respiró varias veces.
Una parte de mí reconoció al hombre con quien había pasado tres años de matrimonio.
Otra parte recordó el beso que escuché por teléfono mientras calentaba el biberón de nuestra hija.
Las dos partes podían existir al mismo tiempo.
—¿Todavía estás con Daniela? —pregunté.
—No.
—¿Porque ella terminó contigo
o porque tú decidiste terminar?
Tardó en responder.