La balanza se inclinó a mi favor a la mañana siguiente. La Inspectora Rojas, la agente estatal a la que Mateo le envió el caso, llegó a mi casa. Era una mujer implacable y con ojeras profundas. Ella sí me creyó. Me confirmó que el celular de Valeria hizo eco en una antena de la sierra norte el martes por la mañana.
—Están intentando incriminarla para ganar tiempo, Carmen. Y acaban de suspender a Mateo por una denuncia anónima —me reveló Rojas—. Estamos cerca. Quien sea que esté detrás de esto, está entrando en pánico.
A la medianoche de ese jueves, el motor de un coche rompió el silencio del rancho. Canelo empezó a ladrar con una furia salvaje. Salí al porche. De las sombras emergió Mauricio. Tenía el rostro demacrado, la ropa sucia y temblaba como una hoja. Levantó las manos vacías.