—¡Pancho, te vas a matar! —le grité, agarrándolo de la camisa.
—¡Mis animales están ahí adentro, Carmen!
Sin pensarlo, me cubrí la nariz con la manga y me lancé al humo denso. Canelo ladraba frenético, guiándome hacia la puerta trasera. Logré abrir el corral a patadas. Las chivas salieron despavoridas, pero Pancho se había tropezado, asfixiándose con el humo. Lo arrastré por las axilas hasta el pasto frío, tosiendo ceniza. Cuando llegaron los bomberos, el jefe me miró con el ceño fruncido.
—Esto fue provocado, señora. Hay olor a gasolina en tres puntos distintos. Así es como inician los fuegos cuando quieren aterrorizar a alguien, o cuando quieren fingir un atentado para hacerse las víctimas.
Salgado, que llegó poco después, sugirió exactamente eso. Sugirió que yo misma había quemado el recuerdo de mi marido por atención.
—Si vuelve a insinuar que yo provoqué esto —le dije con una voz tan ronca que no parecía mía—, olvidaré que lo conozco y le soltaré al perro. Y mi perro ya demostró que no tiene miedo a morir.