Me colgó. Me quedé sola en la cocina, acariciando la pantalla, sintiendo que el corazón se me partía en mil pedazos. Estaba atada de manos. Esa noche, el joven oficial Mateo vino a verme de civil. Se había jugado el puesto mandando el expediente a una investigadora estatal por encima de su jefe.
Me quedé dormida en el sillón, envuelta en una cobija, agotada por el llanto y la impotencia. Pasada la una de la madrugada, un aullido largo y desgarrador me despertó. Canelo estaba parado en dos patas frente a la ventana de la sala. El techo de madera brillaba con un resplandor naranja demoníaco.
¡El taller de carpintería!
Salí corriendo al patio. El fuego devoraba el viejo taller de mi esposo. Pero lo que me heló la sangre fueron los balidos desesperados. Las chivas de mi vecino, Don Pancho, dormían bajo el tejado pegado al taller. Marqué a los bomberos mientras corría hacia las llamas. Don Pancho, en calzones y botas de hule, ya estaba tratando de entrar con una cubeta oxidada.