Tras varios tonos, mi yerno respondió con frialdad: “Ya deja de molestarla, ella no te necesita”. Sin discutir, colgué lentamente y examiné al perro de mi hija que yacía sangrando en mi patio. Oculto bajo su collar, encontré una llave de bodega y un mensaje grabado en la placa. Ese hallazgo destrozaría su matrimonio de tres años y revelaría la aterradora verdad de su esposo…

—¿Dónde está mi hija? —le grité, agarrándolo del cuello de la camisa con una fuerza que no sabía que tenía.

—Valeria descubrió el fraude el jueves pasado y fue a confrontarlo. Los matones de Vicente se la llevaron en una camioneta Patriot. El perro intentó morderlos y lo patearon, por eso huyó herido. Vicente me amenazó con matarme si hablaba. Él ordenó quemar su taller… dijo que la próxima sería su casa, con usted adentro. Me mandó a vigilarla, pero ya no aguanto más. La tienen en la vieja cabaña forestal de Vicente, a quince kilómetros sierra adentro.

Llamé a la Inspectora Rojas de inmediato. En menos de una hora, un equipo táctico estaba desplegado.

Llegamos a la cabaña al amanecer. Entraron rompiendo la puerta, pero estaba vacía. Los matones se la habían llevado al enterarse de que Mauricio había huido. Sin embargo, en el piso de tierra había un plato de aluminio con agua, brillante, como si lo hubieran pulido.

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