—Compartía su agua con el perro —susurré, sintiendo que el corazón se me salía del pecho.
El forense encontró en las cenizas de la chimenea once pedazos de papel quemados. Eran intentos de la carta de despedida. Valeria se había negado a escribir lo que querían once veces, soportando quién sabe qué torturas, antes de ceder a escribir esa carta con la falta de ortografía. Y en la pata de la cama, marcas profundas en el metal. Había estado practicando con un tornillo antes de rayar la placa del collar de Canelo. Mi niña estaba librando una guerra psicológica ella sola, pensando en mí.
Mientras el equipo peinaba la zona, miré la foto de la placa del perro en mi teléfono. “Ve a la Roca Gris con Canelo”.
—¡Inspectora! —grité—. ¿Por qué especificó “con Canelo”? Mi hija es brillante. El perro estaba con ella el día que escondió las cosas. ¡Él sabe dónde escarbar!