Casi me caigo al intentar correr hacia allá. Mateo me sostuvo por los hombros, sonriendo con lágrimas en los ojos.
Llegamos al hospital municipal cuarenta minutos después. Ese tiempo se me hizo más eterno que todos los días anteriores juntos. La Inspectora salió a recibirme. Valeria tenía deshidratación severa y quemaduras por las cuerdas en las muñecas, pero se había negado a usar la camilla. Lo primero que preguntó, antes de decir su propio nombre, fue si yo estaba bien.
Entré a la habitación de paredes despintadas. Mi hija estaba sentada en la cama, cubierta con una manta áspera. Tenía las mejillas hundidas y el cabello enredado, pero cuando levantó la vista y me vio, sus ojos se iluminaron con una fuerza indomable.
—¡Mamá!
Me dejé caer de rodillas junto a la cama, y sus brazos delgados y temblorosos se aferraron a mi cuello con una fuerza desesperada. Lloramos juntas, un llanto antiguo, sanador, que lavaba todo el miedo y la traición de esos días.