Lo metí de inmediato, le lavé las heridas con agua oxigenada y, con las manos temblando, tomé mi celular para llamar a Valeria. Timbró cinco veces. Me colgaron. Volví a marcar, sintiendo un nudo en la garganta, hasta que escuché una voz al otro lado. No era ella.
—Señora Carmen, usted entregó a su hija en el altar, no me la dio en renta —explotó la voz de Mauricio, mi yerno, sonando furioso y extrañamente despierto para ser las cinco de la mañana—. Deje de molestar, Valeria está muy ocupada.
Y me colgó.
Me quedé congelada con el teléfono en la mano. Mauricio, el hombre que en cada cena familiar se deshacía en halagos hacia mí, acababa de gritarme con un odio que nunca le había escuchado. Así no contesta alguien cuando todo está bien. Así contesta quien tiene la orden de no dejar pasar a nadie. Ni siquiera me había dado tiempo de mencionarle lo del perro.