Con un presentimiento oscuro asfixiándome, me arrodillé junto a Canelo. Para revisarle el cuello lastimado, le quité el collar de cuero. Fue entonces cuando mi dedo rozó algo extraño en la placa de identificación. En el frente venía el número de mi hija, como siempre, pero al darle la vuelta, noté que el metal estaba rayado. Alguien había escrito letras diminutas y torpes con un clavo o un alfiler.
Me acerqué a la luz del foco de la cocina y leí en voz alta: “Mamá, no lo llames. Ve a la Roca Gris con Canelo”.
Leí ese mensaje dos veces antes de dejarme caer al piso de baldosas, hundiendo la cara en el pelaje sucio del perro. Mis lágrimas empezaron a caer sin que pudiera detenerlas. Solo Valeria y yo sabíamos qué era la “Roca Gris”. Era una enorme piedra volcánica en medio de nuestra propiedad, un secreto de su infancia donde escondía sus tesoros. Mi niña, incluso estando en el peor de los peligros, había pensado un paso por delante. Había escrito un mensaje que solo su madre entendería, sin revelar su ubicación, pero dándome la clave para encontrar la verdad.