De pronto, todo encajó. La frialdad de las últimas semanas, las llamadas cortas, el raspón extraño en su coche que intentó ocultar… El peligro no era de anoche, llevaba meses gestándose en mi propia cara. Sequé mis lágrimas con el dorso de la mano. No le devolví la llamada a mi yerno. Marqué directamente a la policía, sin imaginar que la pesadilla apenas estaba por comenzar y que el monstruo estaba mucho más cerca de lo que creía. No pueden imaginar lo que estaba a punto de desenterrar…
PARTE 2
El oficial Mateo llegó una hora después. Era un policía joven, tan desvelado que parecía un niño asustado con uniforme. Le serví un café de olla mientras le explicaba la situación. Él fotografió la placa rayada, la guardó en una bolsa de plástico y me miró con lástima.