Tras varios tonos, mi yerno respondió con frialdad: “Ya deja de molestarla, ella no te necesita”. Sin discutir, colgué lentamente y examiné al perro de mi hija que yacía sangrando en mi patio. Oculto bajo su collar, encontré una llave de bodega y un mensaje grabado en la placa. Ese hallazgo destrozaría su matrimonio de tres años y revelaría la aterradora verdad de su esposo…

—Doña Carmen, una mujer adulta tiene derecho a no contestarle a su madre. Y un esposo grosero no es un delito —dijo, arrastrando las palabras—. No tengo motivos legales para tumbar puertas.

—¡Ese perro cruzó setenta kilómetros de bosque sangrando! Valeria no saca ni la basura sin Canelo. ¿Cómo que no es motivo? —le exigí, sintiendo que la sangre me hervía.

Mateo suspiró, frustrado, y accedió a acompañarme. Subimos a Canelo a mi camioneta y condujimos hasta el prado. La “Roca Gris” seguía ahí, inmensa y silenciosa, pero la tierra a su alrededor estaba removida. Alguien había escarbado un círculo perfecto. La grieta donde Valeria escondía sus cosas de niña estaba vacía. Sin embargo, a unos metros, entre la maleza, Mateo encontró un pedazo de plástico roto. Era una etiqueta de una empresa de topografía y perforación de suelos.

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