Tras varios tonos, mi yerno respondió con frialdad: “Ya deja de molestarla, ella no te necesita”. Sin discutir, colgué lentamente y examiné al perro de mi hija que yacía sangrando en mi patio. Oculto bajo su collar, encontré una llave de bodega y un mensaje grabado en la placa. Ese hallazgo destrozaría su matrimonio de tres años y revelaría la aterradora verdad de su esposo…

Un escalofrío me recorrió la espalda. Las tierras estaban a nombre de mi hija desde que mi esposo Arturo falleció. Si había maquinaria aquí, era porque ella había firmado algo.

Mientras volvíamos a la casa, mi celular vibró. Era un mensaje de Valeria: “Mamá, todo bien. Canelo y yo salimos a caminar. No me llames, yo me comunico”. Sentí un alivio momentáneo, solté una risa nerviosa y le marqué de inmediato. “El número que usted marcó se encuentra apagado”. Me giré lentamente hacia el asiento trasero. Canelo estaba ahí, respirando pesado. La sonrisa se me borró del rostro.

—Mateo, el perro está aquí —susurré, sintiendo terror puro—. Ella sabría que el perro está aquí. Alguien más tiene su teléfono.

Esa misma tarde, Doña Chelo, la veterinaria del pueblo, llegó a curar a Canelo. Mientras le limpiaba el vientre, encontró resina de pino mezclada con una arena blanca muy fina, idéntica a la arena de sílice que mi padre encontró en estas tierras hace cincuenta años. Luego, al quitarle el collar para limpiarlo, Chelo notó un bulto grueso. Con unas tijeras quirúrgicas abrió la tela. Una llave plana con una pequeña etiqueta metálica cayó sobre la mesa: “Bodegas San Juan, Local 47”.

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