Valeria se estaba preparando para lo peor. Cosió esa llave sabiendo que su única esperanza era que el perro llegara a mí.
Fuimos a las bodegas en Toluca esa misma noche. Al abrir el local 47, solo había una silla plegable y una bolsa de plástico con mi nombre. Adentro había una tableta electrónica. Al encenderla, apareció el rostro de mi hija. Tenía los ojos hinchados y rojos.
“Mamá, si estás viendo esto, escúchame hasta el final” decía su voz quebrada. Explicó que la panadería de Mauricio estaba en quiebra, con deudas de casi un millón de pesos. Luego, recibieron una multa falsa del gobierno por una supuesta plaga en nuestras tierras. Presionada y aterrada, Valeria accedió a vender el rancho a un agricultor por tres millones para salvar a su esposo. Pero ella, siendo inteligente, puso una cláusula secreta: la venta solo se cerraría con mi firma presencial. Al investigar por su cuenta, descubrió que no había ninguna plaga, que los compradores eran una empresa fachada, y que debajo de nuestro prado había un yacimiento millonario de arena de sílice para una vidriera transnacional.