Le di un sorbo a mi café, sintiendo la brisa de los pinos.
—Tu padre siempre decía algo muy sabio. En esta familia, no se toman decisiones a escondidas por desesperación. Si hay problemas, si alguien viene con amenazas o con millones, primero, nos sentamos a la mesa. Servimos la comida, y lo hablamos de frente. Y a partir de hoy, yo te voy a llamar primero, siempre, aunque me dé miedo lo que me vayas a contestar.
Canelo golpeó la cola contra la madera en medio de su sueño, como si estuviera de acuerdo. Allá a lo lejos, la Roca Gris se alzaba majestuosa en el prado. La grieta en su base volvía a estar vacía. Ya no había más secretos que esconder, ni mentiras que nos separaran. Solo quedábamos nosotras, la tierra de nuestro abuelo, y la certeza de que no hay fuerza en este mundo capaz de romper el vínculo de una madre mexicana que defiende a su cría.